La tierra como pretexto. Gonzalo Lebrija en Travesía Cuatro

gonzalo lebrija

Un plano- secuencia de una barca en el mar. El sonido es envolvente, y sólo se oye el agua y las olas. He ido tres veces a la Galería Travesía Cuatro para ver el vídeo de Gonzalo Lebrija (México, 1972);  las tres veces he estado sola, totalmente a oscuras.  Golden Hours es, sin rodeos, una pieza fascinante.

La barca avanza, avanza, se mueve, bascula, flota. El color es plomizo, hay muchos grises; podría ser un día de tormenta o el efecto de un polarizador. La barca sigue, sigue, sigue, como siguen las obsesiones o el movimiento que utiliza la curiosidad como combustible. El espectador – la cámara- va siguiendo esta misteriosa deriva, un poco detrás, sin tocar nunca la barca, pero utilizándola de faro.

Dice Melville: “Sin embargo, esto es la vida. Pues apenas los mortales, con largos esfuerzos, hemos extraído de la vasta mole del mundo su escasa, pero valiosa esencia, y luego, con fatigada paciencia, nos hemos limpiado de sus suciedades, y aprendido a vivir aquí en tabernáculos del alma; apenas se ha hecho esto, cuando -¡ahí sopla!- se ve surgir el chorro del espectro, y nos hacemos a la vela para combatir contra otro mundo, y volver a pasar por la vieja rutina de la vida joven”.

En esta “rutina joven”, este vídeo parte de lo conceptual, lo que no tiene dimensión para producir cuerpo: sensación física, sonido, viento, sabor salado, humedad en el pelo y esa sensación de dispersión placentera al estar en el mar.

El misterio tiene como frontera lo físico. “Las manos llegan mucho más lejos que las ideas”, decía Ángel González. En Golden Hours el cuerpo llega mucho más lejos que la idea de la pieza. Es una suerte escribir sobre este tipo de obras, porque todo lo que se diga con el texto se queda más corto que la propia experiencia estética de ver el vídeo entero y quedarse a oscuras en la tripa de la ballena- o en la galería, que en este caso es lo mismo.

Las obsesiones hay que tenerlas cerca y lejos. Hay que mantener  una distancia constante con ellas, porque como mejor funcionan es como mapa, no como esencia. El arte precipita los estados físicos y permite la ausencia de lenguaje por un momento. La obra de Gonzalo Lebrija trabaja con la suspensión del tiempo y la construcción de una narrativa detenida, lanzada al aire, líquida sin embargo. La muestra en Travesía Cuatro– con la que comenzaron la temporada en Apertura– coincide con la exposición individual del mexicano que acoge La Casa Encendida.

La barca sigue adelante, sigue jugando a no saber aunque sabe hacia dónde no va. Hay dos momentos de tensión: la barca se inclina peligrosamente hacia un lado; parece que va a golpear el agua con la vela, y sin embargo, en ese tiempo casi onírico de la pieza, se vuelve a erguir, sin detenerse un segundo.

Hay otro momento de suspensión: cuando la cámara parece acercarse. Parece que el espectador se funde con la popa, pero aquí tampoco se cumple la expectativa. Seguimos sin tocar la barca, pero nos dejamos guiar por ella.

La navegación continúa. Después de este extraño viaje entre el aire y el agua, creo que las posibles posiciones de un sujeto son básicamente dos: el estado de investigación y el estado de creación. Este vídeo habla de la interesante y difícil intersección de las dos: el hacer hablando, el bailar con consciencia, el nadar al aire. Quizá ese sea el horizonte que de verdad perseguimos.

La deriva sigue por el agua. La tierra es sólo la excusa.

Gonzalo Lebrija
Golden Hours
Hasta el 5 de Noviembre
Galería Travesía Cuatro
Calle San Mateo, 16
28004, Madrid.
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